Arte  | 

Marta Minujín

Arte, arte, ¡arte para vivir en arte!

Balanceándose entre unas obras efímeras y fugaces, y otras de una contundencia física indudable, el arte de Marta Minujín es una marca registrada que atraviesa tanto fronteras como generaciones y que tiene hoy su merecida retrospectiva en el Malba.

Pocos son los artistas cuyos nombres logran traspasar los límites del campo del arte, y menos aún los que alcanzan el afecto profundo de la sociedad en que trabajan. Marta Minujín es indiscutiblemente una de ellos, quien se ha ganado el cariño de la gente y el reconocimiento como una de las personas más emblemáticas de las artes argentinas en las últimas décadas.

Insertándose desde adolescente en un ámbito en el que las mujeres recientemente entraban a formar parte, con tan sólo 21 años se convirtió en la ganadora del Premio Nacional, otorgado por el legendario Instituto Di Tella, gracias a una novedosa instalación conformada por colchones pintados de múltiples colores, denominada Revuélquese y viva. Éste fue sólo uno de los primeros de una larga lista de premios y becas que galardonan una carrera sin años sabáticos ni discordancias.

Cargando contra la idea de mito como algo cristalizado y congelado en el tiempo, planificó una serie de obras donde los atacaba y convertía desde su distinta procedencia, enriqueciendo sus significados: los arquitectónicos, creando nuevas versiones del Obelisco porteño, la Torre de James Joyce en Irlanda y el Partenón griego; los populares y musicales, realizando una enorme escultura de Carlos Gardel en Medellín, a la que prendería fuego; y los artísticos, modelando bustos de la Venus de Milo, para luego fragmentarlos en rebanadas que se van cayendo.

Como la principal representante del happening en la Argentina desde los años 60, Minujín ha buscado romper con la idea del espectador pasivo, incluyéndolo de forma activa en sus acciones, como en la reciente Rayuelarte, donde se invitaba a la gente a reavivar su aspecto lúdico en medio de la avenida 9 de Julio y como homenaje a Julio Cortázar.

En el Malba, emprenden desde el mes de noviembre la difícil tarea de realizar una retrospectiva de su trabajo, que aunque más que merecida, se vuelve complicada al tratarse de una artista que trabaja en buena proporción con obras efímeras de las que sólo se conserva algún registro fotográfico o fílmico.

Buscando sorprender, descolocando al público de su ámbito cotidiano, esta muestra nos invita a disfrutar y formar parte de, como diría Marta, un “arte popular, arte que todo el mundo puede entender, arte feliz, arte divertido, arte cómico. No un arte que es necesario entender, es un arte que es necesario gustar”; volviendo al mundo exterior con la certeza de haber fusionado, aunque sea por unos momentos, nuestra vida con el arte.