Arte  | 

Luis Felipe Noé

Visiones y revisiones de un artista incansable

Su trayectoria y un repaso por los detalles de su última exposición.

Allá por el año 1950, un jovencísimo Noé (“Yuyo” para los amigos) comenzó a tomar clases en el taller del artista plástico Horacio Butler. Casi a la par, inició la carrera de Derecho en la Universidad de Buenos Aires. Sin embargo, luego de cursar cuatro años en esta facultad, finalmente, se decidió de lleno por la pintura. Aunque esta decisión tan importante no lo alejó de sus otras pasiones: el periodismo y la crítica de arte; profesiones que ha ejercido con el mismo fervor que le dedicó a la pintura durante todos estos años. Al respecto, Noé, con la agudeza y la visión que lo caracterizan, ha aclarado mejor que nadie: “…Cuando pienso en el mundo, pinto; y cuando pienso en la pintura, escribo”.

En 1959 se inauguró su primera exposición individual: el artista llegó entonces a la figuración por el camino del gesto y la materia abarcando el tema, pero sin partir de este. El contexto estético de esta búsqueda toma sus avatares del informalismo francés, mientras que en Estados Unidos el expresionismo abstracto iba dominando la escena contemporánea.

La polémica abstracto/realista —como se llamó en aquel tiempo— fue originaria de recalcitrantes disputas en el entorno del arte argentino, siendo estas de tal magnitud que incluso llegaron a los golpes entre críticos y artistas. Noé buscó entonces una síntesis superadora de esta contrariedad que parecía eterna. En el año 1961, junto con los artistas Ernesto Deira, Rómulo Macció y Jorge de la Vega expuso sus obras en la galería Peuser con el nombre de Otra Figuración. Definiendo esta propuesta que sumó una nueva página a la historia del arte local, Noé explicó: “Otra figuración no es otra vez figuración”. Años más tarde, en un texto que se incluyó en su libro Noescritos. Sobre eso que llamamos arte, el artista argentino llegó a la conclusión de que: “La pintura, aun la más figurativa, es abstracta (ya que) siempre nos refiere a ella misma aun cuando nos esté hablando de lo que nos rodea”.

Centrado en el tema del caos, no como un desorden, sino como el valor de otro orden y su constante cambio (muy acorde con los tiempos de la era mediática), fue que Noé maduró en paralelo a su pintura. Tanto, que los límites de ese caos —nueva estructura de mundo— lo superaron y dejó de pintar por nueve años argumentando que fue en realidad la pintura quién lo dejó a él. Durante ese tiempo, se dedicó a las palabras y a la docencia. También abrió un bar notable, el mítico Bárbaro Bar. Luego retornó a la pintura para nunca más abandonarla.

La muestra en el Muntref

En su última exposición, visiones/revisiones, que se presentó en el Museo de la Universidad Nacional de Tres de Febrero (Muntref), se llevó a cabo una relectura profunda de su vasta carrera enfocada en sus obras de los últimos años, y se trazaron cuidadas relaciones objetuales con piezas de todas sus etapas. Esta propuesta fue curada por el mismo artista en conjunto con Diana B. Weschler, Eduardo Estupía y Cecilia Ivanchevich. Con un corpus de gran formato, se incluyeron óleos y acrílicos, dibujos a tinta, collage e instalaciones. En el relato curatorial, se resaltaron obras paradigmáticas como ¿a dónde vamos? O presente, de 1964; la instalación El ser nacional, de 1965 y quizás una de las más apreciadas por el público; Nos estamos entendiendo, obra compuesta por 15 islas de marco irregular donde el tema del caos propone nuevamente leves desconciertos entre lo abstracto y lo figurativo. Además, fue con esta obra que Noé representó a la Argentina en la 53ª Bienal de Venecia.

Durante la muestra, y fiel a su estilo, el artista brindó encuentros que quedaron para la historia. No solo ofreció un recorrido personalizado al público adulto del museo, sino que también organizó un encuentro con los más bajitos. Con el título dibu-pintura, Noé con los chicos y dentro del marco del programa educativo del Muntref, que organiza visitas participativas para niños y jóvenes de todas las edades con actividades lúdicas y de taller, el hall del museo se llenó de niños y pinceles. De este modo, ¡Yuyo y los chicos pudieron descargar todas sus energías pictóricas sobre dos maderas de 2 x 2 m! Finalizada la jornada, no faltaron las salpicaduras de pintura fluorescente y los manchones, como así tampoco la alegría de contemplar las obras terminadas.