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Pettoruti

Abstracción sin fronteras

Abordar la obra de Emilio Pettoruti (1892-1971) significa dar con las dinámicas vanguardistas del Siglo XX en Europa. La potencia de un artista argentino que trasciende las épocas y las modas.

“Nuestra intención es poner a Pettoruti en el lugar que se merece. Muchos sabemos la importancia de su obra, pero hay muchos que todavía no terminan de descubrir a este maravilloso artista que ha sido, sin duda, el que introdujo el modernismo en la Argentina y en América Latina”. Con estas palabras, Tomás Roberto Díaz Varela, presidente de la Fundación Pettoruti, presentó en 2004 la consagratoria retrospectiva del artista platense en el Museo Nacional de Bellas Artes.

De alguna manera, aquella relevante exhibición, integrada por 80 obras de prestigiosas y millonarias colecciones públicas y privadas de todo el mundo, que se complementó con un importante libro-catálogo, hizo justicia con el artista argentino tal vez con mayor peso específico internacional.

La afirmación precedente tiene múltiples explicaciones. Una podría entenderse en el hecho de que Pettoruti sea el referente insoslayable si se hace referencia al desarrollo del arte moderno en la Argentina y en el resto de la región. Un adelantado que, al igual que sus colegas contemporáneos argentinos, a comienzos del siglo XX viajó a Europa para impregnarse de la ebullición de un arte que buscaba expandir sus propios lenguajes. Pero Pettoruti no se limitó al rol de espectador privilegiado o emulador, sino que participó activamente de muchos de los movimientos que surgían, como el futurismo, el cubismo y la abstracción. Lo hizo a partir de la libertad que tuvo para aventurarse, y elaborar interpretaciones y sentidos, por supuesto, desde un talento genuino.

En el camino

La carrera de Pettoruti prácticamente habla por sí sola. En 1913, con apenas 21 años, llegó a Italia, donde entró en contacto con la vanguardia artística del momento, lo que lo llevó a conocer al ya por entonces célebre Marinetti, autor del Manifiesto del Futurismo.

El paisaje constituía la principal temática en la que sustentaba sus propias obras e investigaciones de esos años, las cuales lo catapultaron a su primera exposición en 1916 en la Galería Gonelli, epicentro del futurismo en Florencia. Luego, el artista se trasladó a Roma, donde conoció a Soffici, Carrá, De Chirico y al español Juan Gris. El cubismo en la obra de este último lo subyugó hasta alejarse de la perspectiva tradicional, mientras traducía esa impronta a partir de sus característicos planos de grandes proporciones y en la presencia de colores saturados; típicos de la representación abstracta. 

Ya en la década del veinte, la abstracción de su obra comenzó a ahondarse a partir de la sumatorias de temáticas (músicos, arlequines, soles) que en sí mismas hablan, en realidad, de motivos. En tanto, la luz comienza a cobrar vigor como rasgo diferencial de la obra de Pettoruti. A decir por la curadora Patricia Artundo: “La problemática de la abstracción pura pareció ceder su lugar a otras cuestiones o, en todo caso, apareció relacionada con otras, siguiendo su línea de investigación, a partir del cubismo en su definición por planos de color/luz y el trabajo por la definición de claves tonales que llegan a desmaterializar y dificultar el reconocimiento de las formas naturales”.

Volver a casa

En 1924 la carrera de Pettoruti en Europa llegó a su climax al ser invitado a exponer en la Galería Sturm de Berlín, meca del futurismo alemán. Pero prefirió volver al país; decisión que para muchos perjudicaría su carrera. Sin embargo, esta sería la mejor noticia para el arte moderno argentino, que encontró en él a una voz propia y singular, que reinterpretaba y difundía aquellas experiencias, tal cual Torres García, Tarsila do Amaral y Diego Rivera en sus países.

En esta etapa en la Argentina, se mostró cada vez más seguro de sí mismo con series como las dedicadas a las copas, por ejemplo. Tan desafiante como generoso, apenas regresado se presentó en la Galería Witcomb. Impregnados en cubismo, los 86 trabajos presentados allí: pinturas, dibujos, mosacios, diseños diversos y escenografías para teatros de títeres causaron estupor en un público y una crítica que, con el correr del tiempo, comenzó a entender a aquel primer adelantado. Cabe mencionar también su labor como docente y teórico de una época que lo vio también enseñar y establecer nuevos parámetros para el arte desde el Museo Nacional de Bellas Artes de La Plata, del que fue director entre 1930 y 1947.

Siempre explorando

El mundo volvió a ser su hogar en adelante. Nueva York y París (donde murió en 1971) fueron dos de las ciudades donde se estableció y donde pasó la última etapa de su vida. Siempre prolífico, en el exterior volvió a exponer con suceso gemas de una obra en continua elaboración, como es el arte. Exigentes espacios de arte en Estados Unidos, en Francia, en Italia, en Alemania, en Inglaterra y en Suiza, se rindieron ante una abstracción cada vez más generosa en tramas de luces, colores, planos y proporciones, y en las que los motivo-excusa, cuando los hay, implosionan mientras la economía de recursos formales (menos es más) se vuelve notoriamente más evidente.

Si el arte es consistencia técnica, Pettoruti. Si es riesgo y libertad, Pettoruti. Si es un proceso, una búsqueda, Pettoruti. Fórmulas que bien saben quienes con orgullo atesoran óleos, dibujos, collage, mosaicos y acuarelas de un artista en eterno presente y con reconocimiento internacional. De eso se trata también el arte, de asegurar el valor del disfrute.