Arte  | 

Tomás Saraceno

Gabinetes espaciales

Texturas flotantes, telarañas cósmicas que son un espejo donde se refleja un hábitat que escapa de la lógica suelo-tierra. Con proyección internacional, este artista tucumano invita a ampliar sentidos y percepciones. 

La materia es su elemento; el espacio, su escenario. Y en ese ida y vuelta, Tomás Saraceno (43) se inscribe dentro de una tradición artística emparentada con su profesión primigenia, la arquitectura, tal cual Antoni Gaudí o Clorindo Testa, por dar dos entre otros múltiples ejemplos.

Radicado hace diez años en Alemania, Saraceno tiene un nombre propio reconocido en el ámbito local e internacional. De allí la grata noticia de que en este 2017, su obra y sus instalaciones se estén pudiendo apreciar primero en el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires, y en septiembre en la galería Ruth Benzacar. Allí el visitante quedará deslumbrado por el magnetismo estético, una de las tantas facetas del disfrute artístico, y eso mismo servirá como invitación para reflexionar conceptos. En este punto, Saraceno se manifiesta decididamente dentro de la vanguardia del arte contemporáneo.

Horizonte de eventos: en esta exhibición en Benzacar, se pueden recorrer Ciudades-Nubes (Saraceno arquitecto al fin y al cabo), que no son otra cosa que secuencias espacio-temporales de módulos urbanos, hipótesis de realidades construidas en la forma de esculturas flotantes; una suerte de especulación sobre las posibilidades de cohabitación alternativas. El aire deja de ser aire para entenderse como espacio en suspensión, donde las leyes físicas difieren de las asimiladas en el entorno de nuestro planeta.

No puede soslayarse en este discurso visual y conceptual (la utopía de la vida en el espacio como una de las opciones de sustentabilidad en la tierra) la insistente impronta de las arañas en toda la obra de Saraceno. Especie en general poco atractiva para el hombre y raramente relacionada con los íconos de la ecología y el desarrollo sustentable, tiene en las hembras productoras de laboriosas redes, entramados, en los que Saraceno encuentra una fisonomía, pero también una ética (el sustento de alimento y vida, esencialmente), que articula y desarticula en una diversidad de tamaños, cantidades y hasta en formatos reales (instalaciones suyas cuentan con telas elaboradas por miles de arañas), o valiéndose de elementos como filamentos, acrílicos, vidrios espejados, cuerdas elásticas y esferas.

Telarañas extendidas que dan cobijo y alimento, pero que también se relacionan con el universo en su contacto directo con el polvo cósmico. Y entonces, la idea de Aeroceno, una era en el aire, interviene mientras se aprecian las instalaciones dentro de sí mismas o comprimidas, aplastadas, dando origen a múltiples lecturas.

En palabras de Saraceno: “El arte por definición trata de irrumpir en otros ámbitos”, una reflexión, una obra, que propone pensar los modos de vida actuales y futuros con todas sus alternativas.