Arte  | 

Yayoi Kusama

Infinidad por doquier

Algunos la llaman “la princesa de los lunares”. Quizás este mote un tanto simplón sirva para identificar un plano que se vuelve presente —como tantos otros— en su producción.

Tal vez el más visible o tal vez el más llamativo. Así, a su llegada a las salas del Malba, todo se vistió de lunares, desde los árboles que condecoran la entrada del espacio hasta los mismos espectadores (algunos vestidos para la ocasión, otros cubiertos con los stickers que se entregaban al ingreso para colmar las paredes blancas de la célebre Obliteration Room), que se llenaron de esta infinidad de puntos. Pero ¿qué significan realmente? En una reciente entrevista, Philip Larratt-Smith, el joven y exitoso curador de la muestra, indagó acerca de su significado simbólico, y obtuvo una respuesta no menos simbólica. Para Kusama “cada ser humano es también un punto” y cada uno de esos puntos “no pueden existir por sí mismos, solo pueden existir cuando se reúnen unos con otros”. Esa integración única e irrepetible, cósmica, cultural y sensible, se volvió su marca más representativa, y llegó incluso a influenciar una colección de la firma Louis Vuitton catapultando sus ganancias a cifras considerablemente exageradas. Pero es preciso señalar que el pasaje de las performances y happenings de los años sesentas —donde muchachos y muchachas se enredaban al ritmo de estos lunares problematizando las tensiones entre libertad, sexualidad y erotismo— a la colección Vuitton no es un asunto que le pueda pasar inadvertido.

De los lunares en los cuerpos desnudos a los lunares que decoran una cartera inocua, es claro advertir un vaciamiento total del contenido original. De las trasgresiones que activaban las intromisiones cuerpo/artísticas de Kusama en la sociedad puritana de la época a la campaña fotográfica de la prestigiosa casa de moda francesa, se evidencia un mecanismo, ciertamente despiadado, que resolvió simplificar ese acto trasgresor a un uso ornamental para embellecer un producto. Sea esta una reflexión para recordar que ninguna obsesión es inofensiva, y que Kusama tampoco lo es.

Recorriendo la muestra del Malba

Las largas filas en la entrada de Obsesión Infinita en el Malba dan fe de un éxito rotundo. Dentro puede apreciarse un recorrido muy cuidado con más de 100 obras que abarcan un período igual de exhaustivo, desde 1950 a 2013, donde se incluyen las primeras pinturas, los trabajos en papel, las esculturas y por supuesto los videos e instalaciones.

Al llegar a Nueva York a finales de los años 50, Kusama tomó contacto con personalidades como Andy Warhol y Claes Oldenburg. Ese fue un momento bisagra en su carrera, donde pasó del ámbito pictórico a sus famosas “acumulaciones”, más conocidas como sus esculturas blandas (aquellas que hacen surgir falos de lo cotidiano), y a los happenings que fueron parte de la cultura alternativa por aquellos años de rebeldía y expansión. Finalmente, la muestra incluye todas las innovaciones formales de la artista en los últimos años, con sus instalaciones que atiborran el entorno multiplicando los sentidos e invitando al público a participar y a ser parte de una obra que crece indefinidamente y con impulso propio.