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Premio Pritzker

Arata Isozaqui

El máximo galardón en arquitectura recayó este año en manos del japonés Arata Isozaqui. Una leyenda viviente que con 87 años ha marcado un estilo tendiendo puentes entre la tradición y la modernidad, entre lo funcional y las tendencias. 

Através de sus últimas entregas, el afamado Premio Pritzker parece ir por el lado del reconocimiento de gloriosas trayectorias. En tiempos tan vertiginosos, detenerse en valorar carreras que pueden apreciarse por lo sembrado a lo largo de décadas parece ser una manera de señalar un rumbo, lo que suele ser la otra base en la que se sustentan este tipo de premios. De hecho, con más de cien proyectos realizados, Arata Isozaki, flamante ganador del premio, es un faro para sus colegas contemporáneos. Una vigencia que es resaltada en los fundamentos del premio: “En su búsqueda por una arquitectura significativa, ha creado obras de gran calidad que hasta el día de hoy desafían la categorización reflejando su constante evolución, y se mantienen contemporáneas en su enfoque”.

Tiempos de reconstrucción

La biografía de Isozaqui remite directamente a las mejores expresiones de arquitectura de posguerra que dieron identidad al legado que en la materia dejó la segunda mitad del siglo XX. Nacido en 1931 en Õita, un pueblo en la isla japonesa de Kyushu, sus comienzos en la arquitectura se relacionan directamente con su vida: tenía 12 años cuando el horror nuclear se le hizo presente. En sus palabras: “Del otro lado de nuestra orilla, arrojaron la bomba atómica en Hiroshima, así que crecí en la zona cero. Estaba en completas ruinas y no había arquitectura ni edificios ni siquiera una ciudad. Así que mi primera experiencia arquitectónica fue la ausencia de arquitectura y comencé a considerar cómo la gente podría reconstruir sus viviendas y ciudades”.

Terminada la guerra, Japón debía reinventarse y, es evidente, lo hizo. El desempeño arquitectónico es un fiel reflejo de esa transformación; que tuvo a uno de sus maestros, Kenzõ Tange (Premio Pritzker 1987), y a él mismo como protagonistas de un fenómeno que atravesó las fronteras del país asiático. Un fenómeno que requería abrir la cabeza a los cambios para dar con las soluciones requeridas. Declaró Arata: “Para encontrar la más apropiada forma de resolver estos problemas no podía encerrarme en un solo estilo (…). El cambio significa constancia. Paradójicamente, esto se convirtió en mi propio estilo”.

Proyección

Así, naturalmente, los sesenta lo vieron desplegar un perfil futurista de impronta internacional que desde entonces ha depurado valiéndose de un lenguaje formal, donde convergen el metabolismo japonés de Tange con la utilización de materiales propios del brutalismo. Entre los primeros trabajos en su país natal, se destaca una obra maestra del brutalismo japonés: la Biblioteca Prefectural de Õita (1966).

El reconocimiento mundial le llegó en la década del setenta con proyectos como la Biblioteca Central de Kitakyũshũ y el Museo de Arte Moderno de la Prefectura de Gunma, ambos inaugurados en 1974. Allí se establecieron parámetros cada vez más personales, como se observa en el sostén geométrico (diálogo cubo-espacios de muestra dinámicos), apreciable en el segundo de estos.

Vigencia

Sin embargo, Isozaki no es una gloria del pasado. Hasta nuestros días llega su proceso de perfeccionamiento (japonés al fin) de obra en obra, atravesando tipologías, escalas y geografías.
Por caso, en Estados Unidos, diseñó el Museo de Arte Contemporáneo en Los Ángeles (1986), un estudio de la bóveda o lo que él llama “la retórica del cilindro”; en Barcelona, el Palau Sant Jordi para los Juegos Olímpicos de 1992, cuya versátil estructura se ubica, parcialmente, bajo tierra para minimizar el impacto visual. Una vitalidad que llega hasta el presente con proyectos recientes como el Centro de Convenciones de Qatar (2011), el Ark Nova (2013) diseñado con Anish Kapoor para las zonas de Japón que sufrieron el tsunami de 2011.

De alguna manera, la sabiduría y el encanto arquitectónico evidenciados en sus diseños son una  muestra de la moderna necesidad de acercar Oriente con Occidente, con las contradicciones y continuidades que ello implica. En este sentido, bien vale rescatar otro párrafo de los considerandos del jurado del Pritzker: “Poseyendo un profundo conocimiento de la historia y la teoría arquitectónicas, y abrazando la vanguardia, nunca replicó el statu quo sino que lo desafió. Y en su búsqueda por una arquitectura significativa, creó obras de gran calidad que, hasta el día de hoy, desafían las categorizaciones, reflejan su evolución constante y siempre tienen un enfoque fresco”.

El Château de Versailles en Francia es el lugar elegido para la ceremonia de premiación. También en mayo, Isozaki  brindará una conferencia pública en París.